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Acerca de déspotas, tiranos y dictadores


Publicado el : 30 de Octubre de 2026

En : General

Por Pablo Regent, profesor del IEEM

Que a usted le atribuyan cualquiera de las tres categorías del título seguramente le parezca un insulto o, al menos, un agravio. Más aún, que usted entienda que quizás un poco lo sea no quita que se oponga a que así lo llamen. Nadie gusta de ser considerado un tirano, pero no es muy extraño que todos sepamos distinguir ese perfil en algún jefe o autoridad con el cual alguna vez convivimos.

La pregunta no es si hay tiranos entre nosotros. En todo caso, lo interesante es preguntarnos de dónde salen tantos déspotas. En esta breve columna no argumentaremos que la mayor parte de los déspotas vernáculos nacen con esta característica, sino que, por el contrario, el mal manejo del poder formal y la peor asignación de responsabilidades termina fabricando reyezuelos que bajo otras circunstancias podrían haber tenido otro destino.

Un poco de historia

El término dictador proviene del que se usaba en la Roma consular, el dictator, aunque a veces se usaba otro término, el magister populi. Se podría traducir como ‘el jefe del pueblo’. El dictador era una asignación prevista en las normas legales consulares. Si bien la República elegía anualmente dos cónsules para que se repartieran el poder evitando caer en el poder de “un solo hombre”, estos checks & balances se dejaban de lado cuando algún grave peligro amenazaba a Roma. Bajo esas circunstancias, el Senado designaba a un dictator por un plazo máximo de seis meses para que se encargara de solucionar el peligro inminente. Al finalizar el plazo, o si la crisis finalizaba antes, el poder volvía a los cónsules y el dictador se retiraba. Algo similar sucedía en Atenas con el cargo de týrannos. Aunque no formal, era un mecanismo más o menos aceptado por el cual, ante la crisis, el sistema vigente veía con buenos ojos la aparición de alguien que concentrara el poder y tomara las decisiones necesarias. Incluso el término déspota tiene una lógica histórica en su acepción negativa actual. Según Aristóteles, el trato despótico es el que el humano tiene hacia las cosas, pues las usa como un medio para algo. Por eso, llamar déspota a alguien es señalarlo como alguien que usa a las personas como medios, sin considerarlos en toda la dignidad que merecen.

Volvamos a lo que nos duele

Dictadores y tiranos son cargos que implican, necesariamente, tomar decisiones en forma bastante autocrática, con rapidez, actuando según el criterio personal del que manda. En definitiva, mucha acción apoyada en lo que se conoce como poder coercitivo o, incluso, aunque no se entienda tanto, en el poder persuasivo. Estos tipos de poderes no son malos en sí mismos, más bien son necesarios, y saber usarlos es condición necesaria para poder liderar. Lo preocupante es no entender cuáles son las condiciones que tienen que estar presentes para que el poder coercitivo, que no siempre puede ser usado, sea el camino. Sobre esto, un par de reflexiones.

El poder coercitivo

El poder coercitivo se basa en la capacidad de influenciar la acción de otro permitiéndole alcanzar un bien externo a él. O evitarle un castigo que también proviene del exterior. Veamos un ejemplo. El egipcio —o el que fuera que estuviera implicado en la construcción de las pirámides de los faraones— empujaba las piedras “influenciado” por el poder coercitivo que se traducía en el plato de comida que solo alcanzaba si hacía lo que el amo deseaba o, también, influenciado por evitar el latigazo que podría recibir si no empujaba la piedra con el ahínco requerido.

Hoy, aunque a alguno le repugne la comparación, el empleado que cumple un horario o que hace una tarea concreta, debido a que si no la hace, no cobra el presentismo o se gana una suspensión, al final no deja de tener una vida laboral influenciada por el poder coercitivo.

En todos los casos, tanto en los del egipcio de hace tres mil años como en el empleado actual, la condición para aplicar este tipo de poder no es otra que la observabilidad de la acción. Y no siempre esto es viable. Por aquí aparece el comienzo del viaje hacia la construcción de tiranos.

El poder coercitivo mal usado

El poder coercitivo no es ni bueno ni malo. Es una potencialidad que debe ser usada bien y no mal. ¿Cómo se usa bien el poder? Respetando tres reglas: usándolo de forma tal que sea percibido como justo, usándolo solo cuando sea imprescindible, no dejando de aplicarlo cuando sea necesario. Si usted sigue estas reglas, a medida que pasa el tiempo irá apareciendo un nuevo tipo de poder, que es conocido como el poder moral, lo que vulgarmente llamamos autoridad. Lo virtuoso del buen uso del poder impacta en que cuanto mejor uso el poder coercitivo, más autoridad moral construyo y menos poder coercitivo necesito usar porque la autoridad lo suplanta. Y así vamos logrando, como líderes, influenciar a nuestro equipo no solo en aquellas variables observables de las que hablamos, sino también en variables no observables en las que el simple y vulgar poder coercitivo nada puede hacer.

Pero, cuando es mal usado, sucede lo contrario. Cada día que pasa solo se logran resultados basados en lo observable y en todo lo no observable, los impactos cada vez son peores. Este tipo de jefe comienza una y otra vez a fallar, pues su ámbito de impacto se ve limitado por pocas variables. Se desespera y vuelve a hacer lo único que sabe hacer: apelar al poder coercitivo. Pero estas variables solo actúan sobre lo observable, y eso no es lo que está fallando.

Tiranos, vade retro

Salvo alguna carencia genética o patología particular, aquí afirmamos que los tiranos de nuestros días llegan a esa calidad por su incapacidad para ser buenos jefes, por no entender que deben usar bien el poder y que no se trata solo de “mandar de pesado”. Como tantas veces discutimos en el IEEM, la realidad del comportamiento no ético, malo, reprobable, en aquellos que pretenden dirigir, no se basa tanto en características personales o en maldades intrínsecas, sino en incapacidades básicas para el puesto en que han sido designados. Si usted no quiere que su organización se vuelva una Roma consular o una tiranía ateniense, preste atención a formar a sus candidatos para que sean líderes, enséñeles a usar el poder. Amerita dedicar tiempo a ello.


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