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El precio de hacerse visible


Publicado el : 09 de Octubre de 2026

En : General

Por Margara Ferber, profesora del IEEM

“Las mujeres defienden a la mujer en general, pero atacan a la mujer en particular”.

No recuerdo cuándo escuché o leí esta frase, pero fue hace muchos años. Y me desafió. A partir de ese momento, empecé a observar y descubrí que muchas veces es así. Decimos que hay que animarse a hacer cosas, pero juzgamos sin miramientos a quienes se animan a perseguir sus sueños. Nos llenamos la boca hablando de la importancia de que las mujeres nos apoyemos las unas a las otras, pero, cuando llega el momento de hablar a favor de una compañera de trabajo, nos gana el miedo al que dirán.

¿Cómo logramos estar conectadas con lo que pensamos, sentimos y valoramos, de un modo suficientemente fuerte como para poder expresarlo aun bajo presión? ¿Cómo sostenemos esa presencia, cuando mostrarnos tiene un costo? ¿Cómo ayudamos a otras a que sostengan la suya?

Presencia

Seguramente te ha pasado alguna vez una situación similar. Tenés una reunión o un evento importante, tenés que hablar, pero no te sentís totalmente preparada. Esto te hace sentir mal y tu cuerpo te lo demuestra: te replegás, cruzás los brazos delante de ti, te empeñás en achicarte lo más posible para ocupar menos espacio. 

Resulta lógico que tus sentimientos se reflejen en tu lenguaje corporal. Lo que quizás no sepas es que es un camino de dos vías y que podés influir en los resultados. Tu cuerpo puede funcionar como un atajo hacia tu mente. Si vos conscientemente adoptás posturas corporales de expansión, como abrir los brazos en un gesto de victoria, o colocás las manos en la cadera en la conocida pose de la Mujer Maravilla, le mandás señales a tu cerebro que influyen en tu estado emocional.

Esto es lo que descubrió la psicóloga Amy Cuddy estudiando el comportamiento no verbal. Según ella, alcanzan dos minutos de preparación física para cambiar cómo nos presentamos frente a otros y cómo nos sentimos mentalmente, pues cuerpo y alma son un sistema único. La presencia es mucho más que aparentar seguridad; es conectar con nuestros pensamientos, sentimientos y valores más auténticos. Las poses de poder son herramientas para que logremos esa conexión y podamos afrontar situaciones de mucha presión con más calma y seguridad.

Estar presentes también significa animarnos a mostrarnos. Y cuanto más nos mostramos —‍cuando opinamos, lideramos, proponemos algo diferente o perseguimos nuestros sueños—, más expuestas quedamos al juicio de los demás. Es ahí donde la presencia requiere del coraje.

Coraje

Cuddy compartió los resultados de su investigación en una charla TED, que fue de las más exitosas de ese canal, con 75 millones de vistas. Sin embargo, la validez científica de sus investigaciones fue cuestionada duramente. Ella describe lo que vivió como una campaña destinada a desacreditar su trabajo y su reputación. Los ataques influyeron de tal forma en ella, en su sentido de valía, que intentó quitarse la vida dos veces. También la impulsó a estudiar el fenómeno del bullying, al que describe como un patrón deliberado, repetido y creciente de ataques dirigidos contra una persona, que busca destruir su reputación y reducir su capacidad de participar o contribuir.

Para que el bullying funcione, necesita de audiencia. Están los que miran, pero no intervienen, y quienes participan, comparten o amplifican el ataque. Por eso, quien agrede suele comenzar haciendo una prueba: hace un comentario inapropiado, una acusación sin evidencia o una descalificación y observa qué hace el resto. Si nadie cuestiona el comentario, interpreta ese silencio como permiso para avanzar.

Cuddy llama valentía social a esos pequeños actos de coraje mediante los cuales alguien muestra públicamente que no va a acompañar la agresión, para evitar que escale. A veces, alcanza con hacer una simple pregunta, o no reírse del comentario, o cambiar de tema. Lo bueno es que, cuando una persona interviene, resulta más fácil que otros la sigan. Según las investigaciones sobre normas sociales, cuando un 25 % del grupo comienza a actuar de otra manera, puede producirse un cambio importante en la norma colectiva.

Cuddy plantea que los grupos pueden producir y sostener determinadas conductas, pero también tienen el poder de detenerlas. Por eso la responsabilidad no recae únicamente en la persona atacada: está, sobre todo, en quienes están alrededor y pueden decidir si prestan o no su poder al agresor.

Es ahí donde se pone a prueba aquello de “defender a la mujer en particular”: cuando una mujer concreta se expone y respaldarla tiene algún costo para nosotras.

Enseñanzas

La vida de Cuddy reúne, de algún modo, las dos ideas de este artículo. A los 19 años, un grave accidente puso en jaque su confianza y la obligó a superarse. Pasó de ser una estudiante de gran capacidad intelectual a tener que luchar con nuevas limitaciones para completar sus estudios. Experimentó el síndrome de la impostora, como tantas mujeres que fueron mucho más exitosas de lo que nunca imaginaron. Más adelante, la exposición que le dio su trabajo la convirtió en blanco de ataques que volvieron a desafiarla. Sus propias experiencias terminaron alimentando dos líneas de investigación que se conectan: cómo recuperar presencia frente a la inseguridad y cómo responder, como grupo, cuando alguien intenta quitarle esa presencia a otro.

El coraje social puede ir todavía un paso más allá. Además de no sumarnos a un ataque o de defender a alguien cuando es cuestionado injustamente (inclusive cuando hay parte de razón, pero los ataques se volvieron personales o se tratan en ámbitos que no corresponden), podemos usar activamente nuestras relaciones, nuestra reputación y nuestra influencia no solo para impedir que las críticas se conviertan en acoso, sino también para impulsar a esa persona y hacer visible su aporte.

Las investigaciones indican que las mujeres somos buenas construyendo relaciones, pero que nos cuesta sacarles provecho. Tendríamos que aprender a verlas como un intercambio recíproco de beneficios: yo te ayudo y vos me ayudás. Nos prestamos acceso, conexiones, información y visibilidad. No es “usar” a la otra persona, sino poner los vínculos al servicio del crecimiento mutuo. Aprendamos a aprovechar nuestras redes para protegernos, impulsarnos y abrirnos oportunidades.

Presencia para poder mostrarnos como somos. Coraje para sostener esa presencia cuando hacerlo tiene un costo. Y coraje social para ayudar a que otras también puedan hacerlo. Estar para otras mujeres, defenderlas en particular y hablar a favor de ellas cuando se animan a exponerse, para que nuestra red de relaciones deje de ser solamente una suma de vínculos y se convierta en una fuerza colectiva.

 

Ver charlas TED de Amy Cuddy:

https://www.ted.com/talks/amy_cuddy_your_body_language_may_shape_who_you_are

https://www.youtube.com/watch?v=zYO9UbpEC9Y

 


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