Por Patricia Otero, profesora del IEEM
Hace ya más de diez años que soy profesora en el IEEM. Si hay algo que he visto, a lo largo de este tiempo, es que quienes nos eligen quieren complicarse la vida. ¿En qué sentido? Nuestros programas son demandantes, exigentes y por momentos estresantes. Muchas veces nos preguntamos: ¿vale la pena el esfuerzo?
Todavía recuerdo mi experiencia. Cuando hice el MBA y estaba en la segunda fase, me preguntaba (literalmente): “¿Por qué me estoy haciendo esto?”. Así de desafiante fue para mí.
Nada como el tiempo para dar perspectiva. Nada como estar, años después, en una ceremonia de graduación viendo a la gente culminar este proceso, para encontrar ese “para qué”, que en medio del esfuerzo no siempre resulta tan evidente.
Todos sabemos que las transformaciones muchas veces se sufren. A todos nos queda más cómodo permanecer en un mismo lugar, incluso si no es el mejor, porque tiene eso de ser conocido y de saber con qué lidiar. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”.
Y cuando uno ya tiene algunos años más, esto puede ser todavía más fuerte: construimos carreras exitosas después de mucho trabajo y mucho crecimiento. Aprendimos a hacer bien lo que hacemos. Ganamos experiencia, seguridad, reconocimiento. Y entonces aparecen algunas preguntas: ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿qué viene después?
Tengo noticias que pueden no ser del todo felices de recibir para algunos. El proceso nunca se detiene, los seres humanos estamos llamados a evolucionar, a crecer, a seguir desafiándonos. Y, en eso, el rol de la formación continua es vital.
Me gusta pensar que volver a estudiar, a cierta altura de la vida, ya no es una obligación, sino una elección y un privilegio: el de regalarse un tiempo para pensar, cuestionar las propias ideas, incorporar nuevas miradas y prepararse para todo lo que todavía queda por construir.
Claro que uno tiene que ser muy cuidadoso respecto a dónde aplica ese tiempo, después de todo, el costo de oportunidad es siempre muy alto. Por eso, si vamos a incomodarnos, más vale que sea en algo que valga la pena.
Hace unos meses, estaba mirando las evaluaciones de la primera fase del MBA Senior y me encontré con este comentario que les comparto: “Tremenda experiencia en su conjunto. El programa al principio incomoda, saca de la zona de confort. Con el tiempo se va comprendiendo la lógica: esa incomodidad es parte del método. Me voy de esta fase con más herramientas, más preguntas y, sobre todo, con una perspectiva distinta sobre mi propio desarrollo profesional”.
Cuando lo leí, confieso que sentí una inmensa gratificación. Porque desde acá trabajamos para eso: para incomodar, pero con sentido, para que haya un premio por haber recorrido y superado esa incomodidad. Y ese premio no es otra cosa que encontrarnos con una nueva versión de nosotros mismos y descubrir que, cuando creíamos que ya no había mucho más para incorporar, todavía hay espacio para aprender y seguir creciendo.
Saltar a una nueva curva
Arthur Brooks, en su libro From Strength to Strength retoma un concepto del psicólogo Raymond Cattell que me parece espectacular para entender este momento de la vida profesional. Cattell distingue dos tipos de inteligencia: la fluida y la cristalizada.
La inteligencia fluida es nuestra capacidad para razonar, resolver problemas nuevos, pensar rápidamente e innovar. Es la que nos permite aprender rápido, adaptarnos, encontrar soluciones. Cattell observó que tiende a alcanzar su máximo relativamente temprano y luego comienza a declinar.
Pero hay otra inteligencia que sigue un recorrido diferente: la cristalizada. Es la capacidad de utilizar el conocimiento y la experiencia que fuimos acumulando: reconocer patrones, ejercer mejor juicio, conectar aprendizajes y transmitir lo aprendido. Y esta capacidad puede mantenerse e incluso crecer mucho más tarde en la vida.
Brooks lleva esta idea al terreno profesional y habla de dos curvas. Una primera curva, muy apoyada en la inteligencia fluida, que suele acompañarnos durante la primera mitad de nuestra carrera, es resolver, innovar, adaptarnos, hacer que las cosas pasen. Pero con el tiempo aparece la oportunidad de saltar a una segunda curva, basada en la inteligencia cristalizada, que implica poner toda esa experiencia acumulada al servicio de algo nuevo. Enseñar, transmitir, liderar con mayor perspectiva y encontrar sentido a través del impacto que podemos generar en otros.
El problema es que saltar de una curva a otra no sucede automáticamente. Requiere estar dispuestos a transformarnos. ¿Cómo hacerlo? No hay recetas, pero Brooks propone algunas claves que pueden ayudarnos:
El privilegio de volver a aprender
Es por esto que creo firmemente que la formación nunca termina. Siempre habrá aspectos que podemos trabajar y mejorar. Pero quizá lo más interesante es que el sentido de aprender también cambia con los años.
Cuando somos más jóvenes, muchas veces estudiamos para saber hacer, para construir una carrera, para abrirnos oportunidades. Más adelante podemos volver a estudiar por una razón diferente: para entender mejor lo que ya hicimos, cuestionar aquello que creíamos saber y decidir qué queremos hacer con toda la experiencia que acumulamos.
Encontrar pares que compartan nuestras inquietudes, que quieran desafiarse y cuestionarse, es realmente muy valioso.
Cuando pienso en mi trabajo y en la inmensa suerte de poder acompañar, desde el aula y fuera de ella, a profesionales que quieren complicarse la vida, realmente siento que es un privilegio. Y soy una convencida de que, cada vez más, el vínculo cara a cara, el intercambio con otros, es lo que nos permite desarrollarnos, crecer y seguir avanzando.
A veces pienso que llevo más de diez años “haciendo lo mismo”. Pero enseguida me doy cuenta de que nunca es lo mismo. Cambian las personas, cambian los desafíos y cambian los aprendizajes.
Desde que hago lo que hago, no he parado de aprender y no tengo pensado detenerme. Siempre hay lugar para seguir abriendo la cabeza, conociendo personas, cuestionando nuestras certezas e intentando, desde donde podamos, sembrar alguna semilla que genere cambios positivos en las organizaciones.
Así que quizá la pregunta no sea: ¿para qué complicarme la vida? Quizá sea otra: ¿qué parte de mí todavía me queda por desarrollar?