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¿Para qué complicarme la vida?


Publicado el : 04 de Setiembre de 2026

En : General

Por Patricia Otero, profesora del IEEM

 

Hace ya más de diez años que soy profesora en el IEEM. Si hay algo que he visto, a lo largo de este tiempo, es que quienes nos eligen quieren complicarse la vida. Nuestros programas son demandantes, exigentes y por momentos estresantes. Muchas veces nos preguntamos: ¿vale la pena el esfuerzo?

Todavía recuerdo mi experiencia. Cuando hice el MBA y estaba en la segunda fase, me preguntaba (literalmente): “¿Por qué me estoy haciendo esto?”. Así de desafiante fue para mí.

Nada como el tiempo para dar perspectiva. Nada como estar, años después, en una ceremonia de graduación viendo a los participantes culminar este proceso, escuchándolos contar cuánto cambiaron, qué descubrieron en el camino y qué se llevan de la experiencia, para encontrar ese “para qué”, que en medio del esfuerzo no siempre resulta tan evidente.

Todos sabemos que las transformaciones muchas veces se sufren. A todos nos queda más cómodo permanecer en un mismo lugar, incluso si no es el mejor, porque tiene eso de ser conocido y de saber con qué lidiar. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Y cuando uno ya tiene algunos años más, esto puede ser todavía más fuerte: construimos carreras exitosas después de mucho trabajo y mucho crecimiento. Aprendimos a hacer bien lo que hacemos. Ganamos experiencia, seguridad, reconocimiento.

Pero hay algo paradójico en la experiencia: esa confianza y ese criterio ganado también puede volvernos “impermeables” a nuevas perspectivas, podemos terminar confundiendo experiencia con certeza, sintiendo que ya sabemos lo suficiente. Y tal vez, uno de los mayores desafíos de la madurez profesional sea seguir sintiéndonos aprendices cuando ya tenemos razones para considerarnos expertos.

No me refiero solamente a volver a estudiar, aprendemos cuando asumimos desafíos nuevos aun sin estar del todo listos, cuando escuchamos a alguien que piensa distinto, cuando cambiamos el rol, cuando recibimos feedback o cuando volvemos a pensar en cosas que creíamos ya tener resueltas.

Y claro, que también podemos elegir volver a estudiar. Me gusta pensar que hacerlo, a cierta altura de la vida, ya no es una obligación, sino una elección y un privilegio: el de regalarse un tiempo para pensar, cuestionar las propias ideas, incorporar nuevas miradas y prepararse para todo lo que todavía queda por construir.

Claro que uno tiene que ser muy cuidadoso respecto a dónde aplica ese tiempo, después de todo, el costo de oportunidad es siempre muy alto. Por eso, si vamos a incomodarnos, más vale que sea en algo que valga la pena.

Hace unos meses, estaba mirando las evaluaciones de la primera fase del MBA Senior y me encontré con este comentario que les comparto: “Tremenda experiencia en su conjunto. El programa al principio incomoda, saca de la zona de confort. Con el tiempo se va comprendiendo la lógica: esa incomodidad es parte del método. Me voy de esta fase con más herramientas, más preguntas y, sobre todo, con una perspectiva distinta sobre mi propio desarrollo profesional”.

Cuando lo leí, confieso que sentí una inmensa gratificación. Pero también me quedó resonando una palabra: incomodidad. Porque quizás aprender de verdad tenga algo de eso de exponernos a la posibilidad de descubrir que algunas certezas ya no alcanzan, que hay cosas que podemos mirar de otra manera.

Desde acá trabajamos para eso: para incomodar, pero con sentido, para que haya un premio por haber recorrido y superado esa incomodidad. Y ese premio no es otra cosa que encontrarnos con una nueva versión de nosotros mismos y descubrir que, cuando creíamos que ya no había mucho más para incorporar, todavía hay espacio para aprender y seguir creciendo.

Saltar a una nueva curva

Arthur Brooks, en su libro From Strength to Strength retoma un concepto del psicólogo Raymond Cattell que me parece espectacular para entender este momento de la vida profesional. Cattell distingue dos tipos de inteligencia: la fluida y la cristalizada.

La inteligencia fluida es nuestra capacidad para razonar, resolver problemas nuevos, pensar rápidamente e innovar. Es la que nos permite aprender rápido, adaptarnos, encontrar soluciones. Cattell observó que tiende a alcanzar su máximo relativamente temprano y luego comienza a declinar.

Pero hay otra inteligencia que sigue un recorrido diferente: la cristalizada. Es la capacidad de utilizar el conocimiento y la experiencia que fuimos acumulando: reconocer patrones, ejercer mejor juicio, conectar aprendizajes y transmitir lo aprendido. Y esta capacidad puede mantenerse e incluso crecer mucho más tarde en la vida.

Brooks lleva esta idea al terreno profesional y habla de dos curvas. Una primera curva, muy apoyada en la inteligencia fluida, que suele acompañarnos durante la primera mitad de nuestra carrera, es resolver, innovar, adaptarnos, hacer que las cosas pasen. Pero con el tiempo aparece la oportunidad de saltar a una segunda curva, basada en la inteligencia cristalizada, que implica poner toda esa experiencia acumulada al servicio de algo nuevo. Enseñar, transmitir, liderar con mayor perspectiva y encontrar sentido a través del impacto que podemos generar en otros.

El problema es que saltar de una curva a otra no sucede automáticamente. Y quizá haya algo todavía más difícil: aquello que necesitamos empezar a revisar suele ser, justamente, aquello que nos hizo exitosos. Es lógico que nos cueste cambiarlo, probablemente ya forme parte de nuestra identidad, ¿para qué cuestionarlo?

Sin embargo, seguir creciendo requiere estar dispuestos a transformarnos. ¿Cómo hacerlo? No hay recetas, pero Brooks propone algunas claves que pueden ayudarnos:

  1. Redefinir el éxito. Pasar del foco en acumular logros a construir un legado y generar impacto desde la experiencia.
  2. Servir a otros. Mover progresivamente el foco del yo al nosotros. Pero, como decía el querido Luisma, “hay que servir para servir”. Tenemos que seguir preparándonos para poder servir mejor.
  3. Estar abiertos a la transformación. Aceptar que lo que nos trajo hasta acá no necesariamente es lo que necesitamos para la etapa que viene. Y eso requiere humildad y autoconocimiento.
  4. Cultivar nuestra vida interior. Generar espacios para pensar en nuestro propósito, en el legado y en la huella que queremos dejar, como personas y también como líderes.
  5. Buscar compañeros de camino. Personas que también estén redefiniendo esta segunda parte de su carrera, que compartan nuestras inquietudes y, sobre todo, que nos ayuden a seguir cuestionándonos.

El desafío de volver a aprender

Es por esto que creo firmemente que el aprendizaje nunca termina. Siempre habrá aspectos que podemos trabajar y mejorar. Pero quizá lo más interesante es que el sentido de aprender también cambia con los años.

Cuando somos más jóvenes, muchas veces estudiamos para saber hacer, para construir una carrera, para abrirnos oportunidades. Más adelante aprender puede tener una razón diferente: entender mejor lo que ya hicimos, cuestionar aquello que creíamos saber y decidir qué queremos hacer con toda la experiencia que acumulamos.

Encontrar pares que compartan nuestras inquietudes, que quieran desafiarse y cuestionarse, es realmente muy valioso.

Cuando pienso en mi trabajo y en la inmensa suerte de poder acompañar, desde el aula y fuera de ella, a profesionales que quieren complicarse la vida, realmente siento que es un privilegio. Y soy una convencida de que, cada vez más, el vínculo cara a cara, el intercambio con otros, es lo que nos permite desarrollarnos, crecer y seguir avanzando.

A veces pienso que llevo más de diez años “haciendo lo mismo”. Pero enseguida me doy cuenta de que nunca es lo mismo. Cambian las personas, cambian los desafíos y cambian los aprendizajes. Y quizá ahí esté también mi propia respuesta.

Desde que hago lo que hago, no he parado de aprender y no tengo pensado detenerme. Siempre hay lugar para seguir abriendo la cabeza, conociendo personas, cuestionando nuestras certezas e intentando, desde donde podamos, sembrar alguna semilla que genere cambios positivos en las organizaciones.

Porque quizá el verdadero riesgo no sea complicarnos la vida. En tiempos de respuestas inmediatas, donde los atajos están siempre a la orden del día, donde el esfuerzo parece ser algo a evitar, corremos el riesgo de quedarnos cómodos donde estamos, con aquello que sabemos, con lo que ya somos, sin cuestionarnos demasiado.

Así que quizá la pregunta no sea: ¿para qué complicarme la vida? Quizá sea otra: ¿qué parte de mí todavía me queda por desarrollar para dar el salto hacia una nueva curva?

 

 
 


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