Por Margara Ferber, profesora del IEEM
Desde 1938, el Departamento de Psicología de Harvard mantiene viva una investigación que busca comprender qué hace que una vida sea buena. Concretamente, qué comportamientos personales colaboran en conseguir una vida saludable y plena.
La investigación comenzó estudiando 724 varones que provenían de dos grupos diferenciados. El primero estaba formado por estudiantes de Harvard, una de las más prestigiosas del mundo; el segundo por liceales de otras instituciones, pertenecientes a familias de bajos recursos. Unos años después se agregaron mujeres. Hoy, esta investigación es liderada por el Dr. Robert Waldinger y estudia a más de 2000 personas. Son los descendientes de los grupos originales, y entre ellos quedan todavía algunos de los que supieron iniciarla un año antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial.
La mayoría de las mujeres de edad avanzada, preguntadas acerca de sus mayores arrepentimientos, coinciden en señalar la falta de autenticidad. Se lamentan de haber vivido limitadas por el miedo al “qué dirán”, de actuar guiadas por la mirada de los otros en lugar de hacerlo siendo fieles a sí mismas.
Creo que la mayoría de las mujeres, aunque en distinta medida, sabe exactamente de qué hablo. Son esas dudas que aparecen cuando estamos por hacer algo que sabemos que nos va a exponer. Sentimos que deberíamos actuar, pero el miedo a cómo seremos vistas por los demás termina frenándonos. Nos pasa a la hora de liderar una reunión con un cliente, de postularnos a un nuevo puesto, de darle un feedback constructivo a un colega, de defender un trabajo del que estamos convencidas o de sostener una posición distinta de la mayoría. Solemos preguntarnos: “¿Y si me queda grande? ¿Me estaré desubicando? ¿Quién soy yo para decirle al otro lo que tiene que mejorar? ¡Seguro que estoy equivocada!”. Y, si finalmente nos animamos, aparecen nuevas dudas cuando llegan las críticas. “¿Cómo se me ocurrió que sería capaz? ¡Pero si tienen razón!, ¿quién me creo que soy?”.
¿Cómo vivir con mayor autenticidad? A continuación, planteo tres ideas que pueden ayudarnos.
Poner a la perfección en su lugar
Quizás nunca nos sintamos suficientemente preparadas para lo que deseamos hacer. O tal vez jamás nuestro trabajo alcance los estándares imposibles a los que nos obligamos. El perfeccionismo puede convertirse en un verdadero flagelo y está dentro de las cinco tipologías del síndrome del impostor, según la Dra. Valerie Young. Ser competente no equivale a ser perfecto, y es un arma de doble filo por tres motivos:
Las cosas más valiosas de la vida rara vez son perfectas. En la naturaleza no hay cuadrados y, sin embargo, hay armonía. Tampoco las relaciones humanas encajan siempre como quisiéramos. La belleza no solo puede existir sin perfección; muchas veces nace precisamente de la imperfección.
Conocer a los críticos
La Dra. Brené Brown nos invita a vivir con autenticidad, a presentarnos en la vida y a dejarnos ver. A dar a conocer nuestro verdadero yo a los demás. Nos anima a actuar con fidelidad a nosotros mismos y a nuestros valores, aun sabiendo que muchas veces vamos a fracasar y que, sí o sí, nos van a criticar. Ella afirma que eso es parte del paquete.
Como estrategia nos propone conocer a nuestros críticos. Imaginarnos saliendo a la arena como en la época de los antiguos romanos, listos para el combate, mientras visualizamos a cada uno de ellos sentados en las gradas. Escucharlos primero, para luego decidir cuáles merecen ser tomados en cuenta y cuáles provienen de las personas que no se lo merecen. Brown menciona dos críticos que todos tenemos: el que vive en nuestra propia cabeza, que suele ser el más feroz, y el que nos quiere realmente. A este último lo desestimamos justamente por eso, porque nos aprecia. Si se reflexiona, es bastante loco que nos hagan mella, inclusive hasta el grado de detenernos, los posibles comentarios de las personas que no nos quieren, y que probablemente ni siquiera nos conozcan realmente, más que los de nuestros afectos. Y esto nos lleva al punto tres.
Fortalecer las relaciones
Si nos proponemos vivir con autenticidad, vamos a ser criticados. Y muchas veces, vamos a fracasar. Es un hecho. Para esos momentos las personas necesitamos un puerto seguro donde refugiarnos. No en vano la familia y los amigos son dos de los cuatro pilares de la felicidad, junto con el trabajo y la vida espiritual. Todos necesitamos tener a alguien que nos ayude a levantarnos cuando nos equivocamos o cuando las cosas nos salen mal.
Waldinger, el líder del proyecto de Harvard, hace énfasis en la importancia que tienen las relaciones personales en la felicidad, y en cómo es necesario fomentarlas y cuidarlas toda la vida. Dirían nuestras abuelas que son como las plantitas, hay que regarlas continuamente. En este sentido, la investigación nos señala el mayor arrepentimiento en los hombres maduros: haber descuidado a la familia por haber priorizado el trabajo.
El riesgo a que las cosas salgan mal es real, pero no es el fin del mundo. En esas ocasiones podemos preguntarnos, ¿qué es lo peor que puede pasar? La mayoría de las veces veremos que, aun si eso sucediera, no sería verdaderamente tan terrible. Otra estrategia que ayuda es proyectarlo en el tiempo. En un mes, en seis meses, en un año, ¿cuánto habrá impactado esto en mi vida?, ¿en lo que realmente importa?
Vivir con autenticidad para no arrepentirnos cuando ya no nos quede tiempo. No ir por la vida pendientes del qué dirán, dentro de una armadura que nos protege de las críticas y de la exposición, pero que también deja fuera todas las cosas buenas que hacen que la vida valga la pena, como el amor, el sentido de pertenencia, la empatía, la creatividad y la innovación.
Puede pasarnos que a veces pensemos: “¡Cómo me gustaría que no me importara nada lo que piensen de mí!”. Esa no es la solución. Somos seres relacionales que, si nos desentendemos completamente de los demás, perdemos la capacidad de generar relaciones genuinas con ellos. Como todo en la vida, lo difícil es encontrar ese justo medio, que no es la mitad.
Quizás, lo peor que puede pasar es que lleguemos al final de nuestras vidas con los mismos arrepentimientos que muchos de los consultados en esta investigación. Que, cuando ya no nos quede tiempo, nos lamentemos de no haber sido auténticos por estar tan pendientes del qué dirán, o hayamos descuidado a nuestros afectos debido al trabajo. Waldinger cuenta en una entrevista cómo estos hallazgos impactaron en su propia vida: aprendió a relativizar lo que le sucede, pues todos tenemos desafíos; y a priorizar las relaciones personales, cuidando activamente de ellas.