Por Carolina Pejo, directora de Antiguos Alumnos
El año pasado fui con una amiga a ver a Borja Vilaseca. Antes de que empezara, subió al escenario una especie de telonero, un tal Nacho Navarrete. Dio un paso al frente y, sin mucha introducción, abrió su blazer. Tenía la camisa llena de post-its.
Mi primera reacción fue: “Ufff, qué bolazo”. Sí, así de rápido. No había dicho prácticamente nada y yo ya había decidido lo que pensaba.
Esta persona empezó a contar qué significaban esas etiquetas. De chico le encantaba leer y escribir, pero al llegar a la adolescencia fue dejando de lado partes de sí mismo para encajar. Mientras hablaba, se sacaba los post-its, uno por uno.
“Me dejé editar por otros”, dijo mientras contaba que con el tiempo había descubierto que podía combinar sus talentos en lugar de elegir una sola etiqueta.
Esa idea me quedó resonando. Yo no soy la mejor en química, ni en gestión de proyectos, ni en la pesca. Pero quizás lo que me hace única es la relación estequiométrica de todas esas cosas en mi propia ecuación.
Lo que quiero traer acá es la parte fea, la que me da un poco de vergüenza: mi primera reacción. Mientras Nacho contaba cómo había dejado que otros lo definieran, yo me daba cuenta de lo rápido que lo había definido a él.
¿Qué había pasado con mi percepción? Había visto a un desconocido abrir su blazer y mostrar una camisa llena de post-its. A partir de eso, y antes de saber qué quería contar, saqué una conclusión.
Quizás otra persona, en la misma sala, vio lo mismo y sintió curiosidad. Estábamos frente a la misma escena, pero no necesariamente interpretándola de la misma manera.
Tan segura y tan equivocada
Eso me hizo pensar en algo que trabajamos en la primera sesión de Análisis de Situación de Negocios en el IEEM. Pablo Regent habla de dos aptitudes que necesitamos entrenar al mismo tiempo: la apertura de mente y la firmeza de criterio.
La apertura de mente es la que me invita a preguntarme si hay otra manera de mirar lo que tengo adelante. La firmeza de criterio me permite sostener una conclusión cuando, después de revisar mis razones y escuchar a otros, sigo convencida de que está bien fundada.
Escuchar otra perspectiva no significa que tenga que darle la razón al otro. Significa estar dispuesta a revisar la mía antes de decidir qué pienso.
Para mí, eso es parte de la base que me dejó el MBA del IEEM. Pero entonces, si lo sé, ¿por qué sigo cayendo en la trampa de juzgar?
Veo algo, escucho una frase o recibo un mensaje y, con esa partecita de información, construyo una historia completa sobre lo que está pasando. Una historia que, si la pienso bien, está bastante floja de papeles. ¿Y cuántas veces le emboco? Mmm... casi nunca.
Hace unos días, leí una columna de Lydia Sohn, en The New York Times, que me hizo volver sobre esto de la percepción. Ella se pregunta cuántas veces se ha enfrascado en una discusión con su esposo, hasta que uno de los dos propone: “¿Podríamos, por un momento, considerar la perspectiva del otro?”. Lydia reflexiona sobre esa simple pregunta que, impulsada por la humildad, puede llevarnos a perdonar. Y esto nos lleva a la reconciliación. En griego antiguo, katallagḗ, una palabra que se usaba para hablar de reconciliación, también podía significar ‘intercambio’. Ella plantea intercambiar la necesidad de tener razón por el deseo de comprender, intercambiar lo roto por la reparación. Suena precioso, ¿no? Ahora, cuando una está enfrascada en una discusión, convencida de que tiene razón y de que tiene los argumentos para demostrarlo, no siempre se acuerda de hacer una pausa y preguntar eso.
Confieso que me gustó esa forma de pensar. No porque entender al otro signifique justificar cualquier cosa o renunciar a poner límites, sino porque quizás sea difícil reparar algo si solo estamos ocupados en demostrar quién tiene la culpa.
La percepción, en otro contexto
En 2017, salió la serie Manhunt: Unabomber. Desde que la vi, hay una escena que no me puedo sacar de la cabeza. El investigador del FBI, Jim Fitzgerald, está solo en su auto, de noche, esperando a que cambie el semáforo. No hay nadie en la calle. Y entonces se pregunta por qué obedece esa regla cuando no hay nadie alrededor.
Si yo observara la escena desde afuera, vería un auto detenido. Podría pensar que espera por costumbre o porque confía en esa regla. Pero no sabría que quien está adentro se está preguntando por qué tiene que detenerse frente a una luz.
Y ahí vuelvo a pensar en cuántas veces miro solo con un ojo las cosas.
Todavía me acuerdo de mi desafortunado pensamiento: “Qué bolazo”. Y de lo cerca que estuve de quedarme con él. Menos mal que me di el tiempo de escuchar a Nacho.