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El hombre del destino


Publicado el : 15 de Julio de 2019

En : General

Por Pablo Regent, decano del IEEM

Si liderar siempre es difícil cuánto más cuando todo se desmorona alrededr y además ya no eres el que ocupa la posición de líder formal.

El hombre se encontraba cabizbajo y meditabundo. A su alrededor todo era desorden, indecisión, derrotismo o incluso resignación ante lo que se consideraba inevitable. En muy poco tiempo, apenas algo más de un mes, lo que era una organización centenaria, fuerte y prestigiosa, se había convertido en algo parecido a la nada. Para él era algo impensado. Apenas cumplidos los cincuenta años, con toda su vida dedicada a desarrollarse en las entrañas de esa institución que siempre admiró y hoy casi no reconocía, la situación le sonaba a una mala pesadilla de la cual no terminaba de despertar.

Miraba a su alrededor y buscaba antiguos referentes. Veteranos a los que siempre admiró y que en momentos críticos habían sabido dar la talla. Lo peor no fue no encontrarlos. Justamente fue dar con ellos y reconocerlos entregados, reacios a atender sus propuestas de lucha, creativas algunas, desesperadas otras. Algunos de ellos aún mantenían puestos jerárquicos de mucho poder. A ellos acudió confiando convencerlos de hacer algo, de dar una señal a las masas que angustiadas buscaban aquí y allá alguien que les diera una esperanza. Pero en el mejor de los casos solo encontraba condescendencia con lo que llamaban de su parte ingenuidad o simple temeridad irresponsable. Le decían que en un momento tan crítico había que actuar con prudencia, tratar de salvar lo que se pudiera, aunque tal cosa llevara a renunciar a la identidad propia, a la dignidad de lo que siempre fueron.

Decidió no mirar más hacia los que tenían el poder formal y buscó hacia abajo. En los jóvenes que estaban en el campo, que aún mantenían el fuego sagrado encendido. Desconcertados y hasta un poco derrotados, pero prestos a responder con vigor y fuerza a la mínima chispa de esperanza que alguien les ofreciera. Fue una búsqueda acertada. Encontró, pero eran pocos. Se aferraron a su ilusión y se ofrecieron a ir para adelante. Animado con ya no estar solo volvió a acudir a sus jefes, diseño planes alternativos junto a aquellos jóvenes y los puso a su disposición. Pero lo despreciaron, dieron vuelta la cara en forma despectiva. En realidad reconocían en su fuero íntimo que los planes eran viables, pero aceptarlo significaba un camino de esfuerzo y riesgo que ya no estaban dispuestos a aceptar. La cálida temperatura que el entreguismo ofrece, canto de sirena que adormece sin igual al que aliviado se rinde, ya reinaba entre los hombres con poder.

Nuevamente se quedó solo. Los subalternos que lo habían apoyado rápidamente se desilusionaban ante la falta de resultados. Alguien le preguntó, sinceramente, si no sería hora de aceptar la realidad. Ya había hecho mucho, todos habían visto que se había esforzado. “Ya está”, le decían, “sé realista”, “sé sensato”, “hay que saber cuándo se ha sido derrotado”.
Ni un momento dudó. Esto no podía terminar así. Toda su vida se había preparado para un momento extraordinario, del cual no conocía ni su fecha, forma ni alcance. ¿Sería este? ¿Era hoy el día en que su patria le reclamaba que actuara, aunque nadie en particular se lo pedía ni menos lo esperaban? Era hoy. Lo había entendido. Tenía que actuar. No quedaba nadie más a quien acudir. Pero el camino que se le abría no solo significaba enfrentar las calamidades que su nación estaba sufriendo, sino que, además, con amargura concluía, los pasos que debía dar lo llevaban inexorablemente a enfrentarse con sus propios compatriotas. Hacer lo que tenía que hacer para salvar a su patria significaba, de eso no cabía duda, enfrentarse con la institucionalidad, contra esa unidad monolítica que le había enseñado a respetar desde muy joven.

Lamentó que todo no hubiese pasado unos años después. Cuando hubiera alcanzado una posición de poder en la jerarquía. Había sucedido ahora, cuando él apenas era una figura de segundo o tercer orden. Muy mala base para llevar adelante sus planes. Sin embargo, lo haría igual. El salto al vacío ponía en peligro su carrera, su reputación, su familia y hasta su vida. Pero si salía bien, salvaría a su tierra. ¿Se quejaba de su suerte? En realidad, meditaba, era un privilegiado. Había llegado el momento de actuar entregando todo, jugándose a muerte, exponiéndose a la incertidumbre. ¿Qué más puede pedir un hombre que ha decidido dejar huella en su tiempo? Se acabaron las dudas. Firme, se encaminó a cumplir con su destino. Ya no miraría atrás ni dudaría. El 16 de junio de 1940, Charles de Gaulle dejaba de ser un ignoto general francés y al subirse al avión que lo llevaría a su exilio voluntario en Londres, emprendía un camino sin retorno del cual regresaría triunfante habiendo salvado a Francia del oprobio al que su clase gobernante derrotada la estaba condenado. Antes de eso sería acusado de traidor por sus propios compatriotas, algunos de sus familiares serían encarcelados y él debería lidiar con el escepticismo y la desconfianza de norteamericanos, británicos y hasta de los propios franceses, que no terminaban de entender el camino emprendido por este poco conocido general.

Reflexión

Cuando toca estar en una situación en la que parece que todo va mal, que a nuestro alrededor todo se cae, no hay que buscar la solución afuera de uno sino en uno mismo. No todos tenemos la madera de Charles de Gaulle ni tampoco enfrentaremos dramas como los vividos por el general francés. Mas todos, en uno u otro momento, tendremos la ocasión de actuar en situaciones en las que podemos hacer la diferencia. Podrá ser en dimensiones políticas, empresariales, sociales o familiares. Con resonancia pública o simplemente doméstica. No importa. Lo que suceda, para aquellos que desean dejar huella, parte de actuar con coraje en momentos en que los demás se arrugan, se adocenan o simplemente colapsan. La acción grande o pequeña de una persona concreta, de nosotros, en ocasiones influye enormemente en cómo se configura el futuro. Una pequeña acción, una palabra acertada, un no o simplemente un gesto significativo pueden ser fundamentales para que las cosas pasen de una forma diferente.


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