Noticias

Cuando la IA deja de optimizar y empieza a cambiar el juego


Publicado el : 05 de Junio de 2026

En : General

Por Andrés Lapi, profesor adjunto del IEEM

Estos días tuve una sensación extraña: una especie de FOMO por todo lo relacionado con la IA. Una mezcla de ansiedad, curiosidad y vacío. Como si todo estuviera avanzando demasiado rápido y cualquier pausa significara quedarse atrás.

Creo que esta sensación se explica, en parte, porque la IA dejó de ser solo una herramienta para optimizar. Hasta hace poco, hablábamos de usarla para hacer más rápido un informe, resumir un texto, mejorar una presentación o escribir mejor un código. Pero algo cambió. Eso ya empieza a sonar viejo. Hoy la IA no solo acelera tareas: empieza a ampliar capacidades, a escalas difíciles de medir.

Lo que está pasando ahora es distinto. Si tenés una idea razonablemente clara, la IA puede ayudarte a desarrollarla, probarla, escribirla, programarla, corregirla, contrastarla y llevarla mucho más lejos de lo que una persona sola podía hacer hace muy poco tiempo. Sí, incluso en las últimas dos semanas esto cambió mucho. Y seguirá cambiando.

Entonces cambia el juego. No porque la IA sea perfecta. No lo es. Se equivoca, alucina, puede razonar mal. Puede darte una respuesta convincente, pero incorrecta. Sin embargo, convivimos todos los días con tecnologías imperfectas porque el beneficio supera el riesgo.

El desafío ya no es solamente usar la IA. Es gestionar la IA. Así como gestionamos equipos humanos, con sus sesgos, errores, incentivos y límites, vamos a tener que aprender a gestionar sistemas inteligentes: pedirles segunda opinión, contrastar respuestas, dar mejores instrucciones, evaluar resultados. No delegar criterio, pero sí ampliar nuestra capacidad. De hecho, empiezo a pensar que no pedirle una segunda opinión a la IA es, en muchos casos, perder deliberadamente información disponible.

A nivel global esto ya se entendió. La Genesis Mission, lanzada en Estados Unidos, fue presentada como una movilización nacional para acelerar descubrimientos científicos con IA, comparada incluso en importancia e inversión con proyectos históricos como Manhattan o Apolo. Más allá de la política o del país, el mensaje de fondo es claro: la IA dejó de ser una herramienta más y pasó a ser infraestructura estratégica.

Y en el mundo empresarial la consecuencia es bastante directa. Sin IA, cada vez va a ser más difícil competir. La IA tiene algo incómodo: destruye rápido ventajas competitivas que antes parecían sólidas. Si una capacidad —que antes requería años de experiencia, equipos grandes o mucho presupuesto— ahora puede ser asistida, automatizada o replicada con IA, deja de ser una ventaja defendible. En ese contexto, competir no depende solo de lo que sabés hacer, sino de la velocidad con la que podés aprender, adaptarte y reinventar tu propio negocio, combinando y potenciando talento humano con capacidad artificial.

Se explica con una analogía simple. Durante años, muchas empresas han aprendido a navegar muy bien a vela. Conocen el viento, leen el clima, tienen oficio y experiencia. La IA es como la llegada del motor: no elimina la importancia de saber navegar, pero cambia la velocidad, la autonomía y la capacidad de maniobra. Y cuando algunos empiezan a moverse con motor, seguir defendiendo que uno “navega mejor a vela” deja de ser una ventaja y puede transformarse en una limitación. O incluso en un ancla, siguiendo con la analogía.

Como si esto no fuese suficientemente complejo, aparece otro punto clave. Hoy probablemente estemos accediendo a capacidades de IA a precios que no reflejan del todo su costo real. Muchos planes parecen estar, de alguna forma, subsidiados por las propias compañías que buscan ganar adopción, usuarios, datos, mercado y posición estratégica. Pagamos 20, 100 o 200 dólares por mes y recibimos acceso a una infraestructura carísima: modelos enormes, cómputo, GPU, inferencia, contexto, agentes, herramientas de código, voz, imagen y búsqueda.

La pregunta, entonces, es: ¿qué pasa cuando se terminen esos subsidios?

El caso de Microsoft reduciendo licencias internas de Claude Code y empujando a sus equipos hacia GitHub Copilot CLI muestra algo importante: la IA a escala no es gratis ni barata. Usar IA intensivamente cuesta dinero real. Mucho. Cuando el uso deja de ser “un chat ocasional” y pasa a ser una tarea de “agentes” trabajando horas, programando, leyendo bases de datos, ejecutando tareas y consumiendo millones de tokens, la economía cambia.

Ahí aparece una posible nueva brecha competitiva. Las empresas con más recursos no solo van a poder contratar mejor talento. También van a poder acceder a mejores modelos, más cómputo, más automatización, más agentes trabajando en paralelo y mejores integraciones con sus datos internos.

Más dinero puede significar más acceso a IA.
Más acceso a IA puede significar más velocidad.
Más velocidad puede significar más ventaja competitiva.

Entonces, ¿la IA democratiza el acceso a capacidades que antes eran imposibles para muchos, o termina ampliando la brecha entre quienes pueden pagar más cómputo, mejores modelos y mejores integraciones, y quienes no?

Pensemos en nuestras empresas. Ya no alcanza con preguntarse: ¿dónde puedo usar IA para ahorrar tiempo? La pregunta más importante es otra: ¿qué partes de mi negocio, de mi trabajo o de mi forma de aprender quedarían obsoletas si otro las repiensa desde cero con IA?

Y junto con eso aparecen preguntas todavía más incómodas: ¿tengo la estructura adecuada para este nuevo escenario?, ¿mis sistemas de control e incentivos siguen empujando los comportamientos correctos?, ¿el gobierno de mi empresa está preparado para liderar un cambio que no es solo tecnológico, sino también de negocio, estructura y cultura?

La IA debería ser prioridad. No como moda, no como juguete, no como “algo para probar cuando haya tiempo”, sino como una capacidad estratégica que atraviesa la forma de trabajar, competir, aprender y decidir.

Al final, hay dos acciones humanas que siguen siendo centrales: pensar y aprender. Pero pensar sin IA empieza a parecerse a competir con menos información. Y aprender sin IA empieza a parecerse a entrenar con una mano atada. 

Si leer esto te generó más ansiedad que tranquilidad, bienvenido al grupo. Quizás la mejor forma de bajar esa ansiedad no sea mirar para otro lado, sino empezar a entender cómo funciona, compartir conocimiento y aprender juntos.

 

 


Otras noticias que te pueden interesar