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El privilegio de pensar


Publicado el : 13 de Abril de 2026

En : General

Por Patricia Otero, profesora del IEEM

 

Durante el mes de marzo, dimos inicio a dos programas largos en el IEEM: el PDD y el MBA Senior. Dos programas que conozco muy bien y de los cuales soy parte.

En estos días, conversando con algunos Antiguos Alumnos, monitores del PDD, surgió una pregunta interesante: ¿qué hacer con el uso de la IA en la preparación de los casos? ¿Prohibirla? ¿Regularla? ¿Alentarla?

Cada una de estas alternativas tiene ventajas y desventajas, seguro. Pero a mí me despertó algo más profundo… El verdadero debate no es si digo que sí o no a la IA. El debate es cuál es el rol de una escuela de negocios o —en genérico— de todos los que formamos parte del sistema educativo hoy.

Voy a exponer mi mirada, sabiendo que puede tener flancos débiles o algunos sesgos.

Estoy a favor de que los participantes usen la IA. Creo que intentar prohibir o regular es inocente, es intentar tapar el sol con un dedo. Y, además, es privarlos de aprender a usar una herramienta que puede ser muy útil.

Sin embargo, acá viene mi advertencia o el matiz a esta afirmación.

Usar la IA sin pensar, sin intentar resolver el caso o la situación que se tiene por delante, sin “ensuciarse” en la preparación, es probablemente la forma más rápida de perder capacidades. En términos de Pérez López, no es una decisión eficiente: podremos resolver el problema inmediato, pero perderemos capacidad de aprender.

Hace unos días escuchaba a Santiago Bilinkis hablar de la crisis que enfrentan quienes ingresan hoy al mercado laboral. Los trabajos más básicos, aquellos donde uno aprende haciendo, equivocándose, repitiendo, están tendiendo a desaparecer. Entonces, ¿cómo gana experiencia alguien si no pasa por este proceso?

¿Pretendemos que las personas pasen del aula a puestos de decisión sin ninguna escala previa? Es como pretender que un chico juegue en primera sin haber pasado por inferiores.

A su vez, ya sabemos que la IA se equivoca, o incluso a veces miente. ¿Tenemos el criterio para distinguir esto? Sin cierto conocimiento previo, creeremos ciegamente todo lo que la IA devuelve. Y entonces el problema no es la herramienta, es nuestra dependencia de ella.

Por eso, mi propuesta no pasa por prohibir la IA, sino por invitarnos a pensar qué esperamos obtener cuando hacemos un programa del tipo de los que hacemos en el IEEM. Si lo que buscamos son recetas, probablemente no las encontremos, pues en el mundo directivo hay pocas respuestas cerradas. Si lo que buscamos es una buena nota, sin pagar el precio del aprendizaje, tal vez obtengamos el resultado, pero habremos perdido lo más importante en el camino.

¿Podemos como directivos liderar un mundo que no entendemos, pues decidimos tomar atajos? ¿Queremos perder la batalla de elegir pensar en un mundo que nos invita a ir siempre por el camino rápido? ¿Para llegar a qué lugar?

Recurrir a la IA para encontrar la “solución” del caso, en términos de aprendizaje, es igual a conseguir una presentación del año anterior con los números hechos. ¿Se aprende lo mismo? La respuesta es bastante evidente. Claro que, en la vida real, hay momentos donde usar la IA no solo es válido, sino que es una buena decisión.

Hace un rato me pasó algo simple: quería resolver un tema con el calendario de Outlook y no sabía cómo hacerlo. Podría haber estado una hora probando opciones hasta encontrar la solución. Sin embargo, recurrí a ChatGPT, resolví el problema en minutos y usé ese tiempo para escribir este artículo. Ese es un buen uso del atajo.

Por eso, quizás el tema clave no es usar o no usar IA, sino para qué usarla. ¿La usamos para evitar pensar? ¿O para liberar tiempo y pensar mejor? Y ahí aparece algo central: el criterio. Hoy en día, pensar es un privilegio, es una provocación al mundo que nos promete soluciones, pero nos quita capacidades progresivamente. Eso es, en el fondo, lo que intentamos desarrollar en los programas. No respuestas, sino capacidad de discernir. De saber cuándo profundizar y cuándo simplificar. Cuándo detenerse y cuándo avanzar.

¿Qué nos toca a los que estamos en el mundo de la educación entonces? La ardua tarea de reinventarnos, sabiendo que ChatGPT o cualquier otra IA puede hacer parte de nuestro trabajo, sobre todo la parte más mecánica. Ahora, cuando nuestra función la definimos como “ayudar a pensar”, ahí sí nos toca otra cosa. Se trata de “seducir”, de convocar, de despertar el deseo de entender. Se trata de dar algo que la IA no puede dar, de despertar emociones, de generar sorpresa, incomodidad, preguntas.

¿Es desafiante? Sin dudas. Pero, para mí, estamos en el mejor momento de la historia en cierto sentido. Nos obliga a redefinir qué aportamos los seres humanos en un mundo donde las máquinas hacen cada vez más. Al final, esto no es solo un debate sobre educación o tecnología. Es una decisión personal: ¿qué rol queremos ocupar en este nuevo mundo?

Yo, por lo pronto, elijo pensar, elijo escribir artículos imperfectos, pero que tengan mi voz. Y como profesora, elijo algo que, por ahora, la IA no puede hacer: contagiar pasión, generar las ganas de “complicarse la vida”, hacer reír y, sobre todo, despertar las ganas de pensar por uno mismo.


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