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Empresario, esa mala palabra


Publicado el : 14 de Setiembre de 2022

En : General

Por Joaquín Ramos, profesor del IEEM

Esta semana tuve la suerte de dialogar y discutir con varios candidatos interesados en cursar el MBA del IEEM. La instancia los invitaba a leer un caso y tomar una decisión, que debían justificar en un informe breve. De los 34 informes, la mitad pasó a una defensa oral, donde tuvimos estos intercambios sobre el caso, el management y el rol del empresario.

El problema consistía en recomendar si la empresa debía comunicar que un dispositivo médico (DAI), a raíz de fallas técnicas, ahora tiene una tasa de error de 0,34 %, frente al 0,23 % original. Por ley, la empresa debe comunicar a la FDA, nada más. Por eso, el dilema se presenta para el directivo de turno: ¿debo ir más allá de la ley y contactar a los distintos stakeholders (hospitales, médicos y, sobre todo, pacientes)?

En una de esas defensas, un candidato contó que cuando lo leyó por primera vez, concluyó que lo ético sería contactar a los pacientes y explicar el problema. Sin embargo, continuó, cuando se puso en los zapatos del CEO, decidió que solo informaría a la FDA, porque la otra alternativa supondría un problema para “el fin de la empresa”.

Desde luego que el razonamiento no pasó desapercibido y ahí se dio el siguiente diálogo:

—¿Cuál es el fin de las empresas?

—Hacer plata.

—¿Seguro?

—Sí, hacer plata.

—Bien. ¿Y qué hacen para ganar dinero?

—Lo que haga falta.

—¿Seguro?

—Sí… respondió —ya con un dejo de duda.

—Tu empresa tiene como fin hacer plata entonces, ¿no? Pero a qué se dedica, es decir, ¿qué es lo que vende?

—Vende varios productos.

—Nombrame uno.

—Vende computadoras.

—Y las personas que compran esas computadoras, ¿por qué las compran?

—Por lo general, para trabajar.

—Entonces, ¿cuál es el fin de tu empresa, qué problema resuelve?

Ahí se le iluminó la cara.

El fin de las empresas no es hacer plata. La misión de una organización es algo muy distinto. Las empresas nacen para resolver problemas. Existen para satisfacer necesidades. Si lo logran con eficacia y eficiencia, habrá personas dispuestas a pagar por esos productos y servicios, que traerá facturación y rentabilidad. Pero hacer dinero es una consecuencia de cumplir con la misión externa, nunca un fin en sí mismo. El accionista es un stakeholder más para el que la empresa debe crear valor, pero también están los clientes, proveedores, empleados, socios y demás.

Aunque parezca evidente, con mucha frecuencia encontramos que la visión del común de las personas es la de creer y afirmar que lo que mueve a las empresas es simplemente hacer plata, y más aún, que ese fin justifica los medios.

En este caso, este candidato, luego de la explicación anterior, se justificó o defendió su decisión explicando que cuando analizó el caso como “persona” entendió que lo que correspondía era notificar a los pacientes, porque tenían el derecho de saber sobre la falla de los equipos. Pero, cuando se puso en los zapatos del CEO o gerente general, ese criterio pasó a segundo plano y pesó más proteger a la empresa de un escándalo que podría dañarlo económicamente.

La dicotomía empresario-persona es otra falacia muy común. La creencia de que una cosa es cómo me manejo en mi plano personal y otra muy distinta es cómo lo hago en el profesional o empresarial es un error muy generalizado. Esa creencia implica que deberíamos ajustar nuestras creencias y escala de valores según la cancha en la que nos toque jugar, y que las reglas de ese juego permiten conductas o principios distintos, o más aún, nos obligan a ponernos un traje a medida para la ocasión.

Luisma Calleja, profesor de profesores del IEEM, afirmaba que no se puede ser buen empresario sin ser buena persona. ¡Cuánta razón tenía! Buena persona no significa decirles a todos que sí todo el tiempo o evitar conflictos, significa actuar con capacidad y justicia.

Quienes han pasado por el IEEM saben que nuestro leit motiv es “para servir, servir”. No puede servir —de utilidad, capacidad de hacer algo de valor— quien no tenga la intención de servir —ayudar— a otro. Y no puedo servir —ayudar— a otro, si no tengo las capacidades para hacerlo —servir—.

El empresario, primero, es persona. Y quizá también padre, hijo, hermano, amigo, colega… y todos esos “sombreros” son de la misma persona. Cada vez que nos toque decidir o actuar, recordemos que somos uno y que lo que aprendamos decidiendo —para bien o para mal— va a ir cambiando a la persona debajo del sombrero. Ante todo, el criterio fundamental que debe guiar nuestro accionar es el de la consistencia. La consistencia o dimensión transcendental (en palabras de Pérez López) es el motor para construir confianza en las organizaciones y la sociedad.

Foto de Rodeo Project Management Software en Unsplash  


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