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Lo que me enseñó un guarda de bus


Publicado el : 08 de Mayo de 2026

En : General

Por Carolina Pejo, directora de Antiguos Alumnos  

 

Era el 7 de enero de este año. Seis de la mañana.

Los que me conocen saben que soy del norte del país. Esa vez, me tocó volver a Montevideo desde Artigas. Había salido a las diez de la noche. El bus estaba llegando a Tres Cruces.

“Buenos días para todos”, dijo el guarda.

Llevo más de veinte años viajando en bus, así que imagínense que ya escuché todo tipo de anuncios: desde la música hasta el “señora, llegamos”. Pero este anuncio me sorprendió. El guarda había estado despierto, junto al chofer, durante ocho horas. No era el saludo automático de quien intenta parecer amable. Era sincero. Justo. En el momento justo.

Ese “buenos días” me hizo un clic. Me hizo despertar y prestar atención a lo que tenía delante. Bajé del bus, me puse en la fila para levantar mi valija y, mientras trataba de disimular lo despeinada que estaba, me quedé mirando cómo el guarda se disponía a entregar el equipaje.

El método era simple: entraba a la bodega, decía en voz alta el número y el dueño se acercaba. Muchos, sin mediar palabra, agarraban lo que era suyo y se iban apurados. Lógico, eran las seis de la mañana. Pero noté algo. A cada persona que decía “gracias”, él le respondía: “Que pase bien”.

En el taxi a casa me quedé pensando en esa escena. No había discurso, ni aplauso, ni escenario. Era simplemente una persona haciendo bien lo que le tocaba hacer. Pero había algo en ese modo de estar que me quedó dando vueltas.

Meses después, durante la organización de la Asamblea de Antiguos Alumnos del IEEM, esa imagen volvió a aparecer.

El lunes 27 de abril celebramos los 25 años de la Asociación. Fue una noche especial, no solo por lo que significaba el aniversario, sino porque el tema de fondo nos llevaba justamente a eso: volver a mirar lo que significa servir.

Y en medio de la organización del evento, entre reuniones, decisiones y conversaciones, algo que venía postergando me volvió a interpelar. La necesidad de bajar al papel mi misión personal.

Este año, el cierre estuvo a cargo de Alexandre Havard, con su propuesta de Liderazgo Virtuoso, que pone en el centro dos virtudes: la magnanimidad y la humildad. Lo que más me llamó la atención fue la distinción entre dos formas de humildad:

  • Humildad fundamental. Implica mirarse hacia adentro con honestidad. Conocerse a uno mismo, con los talentos y los límites.
  • Humildad fraterna. Significa mirarse hacia afuera. Ver al otro. Estar presente para él.

Ahí me di cuenta de que cada vez cobra más sentido esa frase que repetimos tantas veces: “Para servir, servir”. Porque servir no es solo buena voluntad. Requiere las dos cosas: conocerse a uno mismo y aprender a darse a los demás. Y en ese juego, la magnanimidad entra como motor: no alcanza con conocerse, también hay que animarse a hacer algo grande con lo que uno es.

Sentí que algo cristalizó. Y claro, no pude evitar mi sesgo científico. Para mi tranquilidad, pude bajarlo rápidamente a una ecuación: conocerme > aspirar a algo grande > darlo a otros. Por un segundo, sentí una tranquilidad espectacular: podía resolver mi dilema existencial en dos segundos. Pan comido.

Sin embargo, Alexandre Havard dice que, para descubrir mi misión, tengo que responder a dos preguntas: ¿cuál es mi historia y cuáles son mis talentos? y ¿cuál es el reto social al que me siento llamada a responder?

Simple de decir. Otra vez, difícil de concretar.

Ahí volví a mi recuerdo del guarda. Resoné con él esa mañana, porque yo hacía lo mismo, pero sin ser consciente. No sé si él tiene resueltas esas preguntas. No sé si tiene claro cuál es su misión o si alguna vez se puso a pensar sobre sus talentos. Pero sí sé que en ese momento ofreció lo que tenía: presencia, atención, un “buenos días” sincero, un “que pase bien” para quien se tomaba el trabajo de agradecer. No ofreció lo que no tenía. Ofreció exactamente lo que tenía.

Uno de los regalos que me dejó esta Asamblea fue darme cuenta de que servir no empieza cuando tengo todo resuelto. Empieza con ofrecer lo que tengo, desde quien soy, en el momento que me toca.

 


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