Por Luisa Regent, profesora del IEEM
“Entiendo que es cuestión de irme acostumbrando”. El tono de Marcela, voluntaria en el Hospice San José, no dejaba de denotar una cierta resignación. Por primera vez, le había tocado colaborar en una tarea muy dura como lo es ayudar a “acomodar” a un huésped que acababa de fallecer. Si bien en el Hospice es parte de la normalidad que los huéspedes fallezcan, pues el servicio es precisamente hospedarlos y cuidarlos en su etapa final de vida, no por ello todas las acciones que tocan hacer son igualmente gratas.
Este tipo de conversación con los voluntarios se da con frecuencia, pero en este caso me retrotrajo a una sesión, en el IESE, poco más de un año atrás. En aquella ocasión, el profesor Yih-Teen Lee había utilizado, muy hábilmente, algunas escenas de Okuribito (Despedidas), una película japonesa con un enfoque muy original.
Una tarea servil
La película expone el drama de Daigo, violonchelista de una orquesta y joven padre de familia que, de la noche a la mañana, se queda sin trabajo. A medida que el tiempo pasa, ante la angustia de no conseguir empleo en lo que es su profesión, decide buscar cualquier oportunidad que le permita trabajar. Así termina aceptando una oferta sin comprender mucho de qué se trata. Luego de una entrevista un tanto particular, empujado por la ansiedad de poder aportar dinero a su familia, acepta el trabajo, aún inmerso en una cierta ignorancia de lo que se esperaría de él.
Su sorpresa es grande cuando descubre que no solo trabaja en una empresa de servicios fúnebres, sino, más impresionante aún, que su responsabilidad no es otra que preparar los cuerpos de los difuntos. Es tal la incomodidad y la vergüenza que todo esto le genera que decide ocultar a su esposa la verdadera naturaleza de su trabajo.
La película continúa mostrando cómo, más allá de innumerables situaciones complejas para Daigo, su trabajo va generando algo que él nunca hubiera esperado. De a poco, comienza a suceder algo en su interior: comienza a ver con respeto su trabajo y el sentido de lo que hace se le comienza a hacer evidente. Mientras tanto, su esposa, indignada con la ocupación de su marido, lo presiona para que renuncie. Ante la negativa de Daigo, decide abandonarlo.
Lo que no siempre se ve
¿Qué es lo que ha transformado a Daigo? Nada más ni nada menos que descubrir la relevancia de lo que hace. ¿Dónde la ve? En el rostro de los familiares de aquellos difuntos que él prepara. En ellos, ve la transformación de las expresiones de dolor en otras de gratitud. Daigo se da cuenta de que el valor de lo que aporta no está en lo que hace, sino en lo que provoca.
Si bien las primeras escenas en el nuevo trabajo pueden sacarle al observador alguna carcajada, porque las situaciones resultan un tanto grotescas, a medida que avanza la historia, la audiencia también percibe ese efecto transformador. Ese “click” que le permite a Daigo comprender que el valor de lo que hace trasciende la tarea en sí misma. El preparar un cadáver podría considerarse algo menospreciado o indigno, pero cuando logra visualizar que se trata de uno de los momentos más importantes y sagrados para una familia, adquiere una dimensión totalmente nueva, que lo moviliza desde otro lugar.
Un poco de teoría
Muchos estarán pensando que se trata de un caso muy particular, que quienes trabajan con situaciones de vida o muerte, de enfermedad, tienen más “sencillo” el moverse por una motivación trascendente. Por el contrario, se tiende a suponer que las empresas, donde el trabajo es aparentemente más transaccional, tienen un desafío casi imposible para que sus colaboradores se puedan movilizar por lo trascendental.
Las personas, según Pérez López, se mueven por tres tipos de motivos: extrínsecos, intrínsecos y trascendentes. No es lugar aquí para explicarlos en detalle, pero basta señalar que en ellos cabe todo los que usualmente nos mueve: lo material, la realización personal y el servicio a terceros. Los tres tipos de motivos son parte del impulso a actuar de todo individuo. Lo que cambia —y no es poca cosa— es el peso que para cada persona tenga cada uno de tales motivos. De este mix dependerá la calidad motivacional de cada persona. Si bien cada persona trae consigo su mix de motivaciones, desde una posición de liderazgo corresponde preguntarse: ¿podemos hacer algo para que las personas se muevan más por motivos trascendentes?
Ver para valorar
Ver el impacto que tiene mi trabajo en el otro es un factor motivador muy potente. No quiere decir que los factores extrínsecos o intrínsecos dejen de estar presentes, sino que la motivación trascendental pasa a pesar con más fuerza. Eso es lo que le ocurrió a Daigo. No dejó de trabajar por el dinero; sin embargo, algo fuera de él lo comenzó a movilizar. ¿Cómo sucede esto? De una sola forma. Descubriendo cómo su trabajo se transforma en propósito. ¿Qué quiere decir esto? Que, al ver el impacto de su trabajo en otros, comprende el para qué de lo que hace. Pero este ver solo puede ser posible gracias a otro personaje de la película, Sasaki, el propietario de la casa fúnebre, que paso a paso lo va exponiendo al valor real de su trabajo, sin apurarlo, sin hablar de más, solo promoviendo experiencias, abriendo puertas; en definitiva, actuando como un verdadero líder.
Si aceptamos que, como dice Pérez López, la persona se va realizando en la medida en que se da a los demás, es parte de la responsabilidad de quienes lideran contribuir a ello. Por eso, el dato interesante está en ver de qué modo podemos ayudar a que quienes están bajo nuestra influencia puedan experimentar de alguna manera el impacto de su trabajo en los demás.
Una reflexión válida en Japón y en el Hospice San José
La película muestra cómo la esposa de Daigo, quien se avergonzaba del trabajo que hacía su marido, al ver la transformación que estaba produciendo en él, comienza a comprender su verdadera calidad. De despreciar lo que hacía pasa no solo a aceptarlo, sino a elevarlo en su consideración, sintiéndose orgullosa de él.
También Marcela estaba viviendo un proceso similar. Luego de su primera reacción muy natural y humana, unos minutos de reflexión silenciosa la llevaron a comenzar a andar el camino que importa. Fue así que me dijo: “Es que de eso se trata, de dignificar a la persona, aunque quizás la tarea en sí misma no sea tan grata. Creo que lo estoy comenzando a entender”.