Por Margara Ferber, profesora del IEEM
La semana que viene –Semana Santa– es especial para quienes somos cristianos. Rememora lo que constituye la base de nuestra fe: la resurrección de Cristo. Por eso es la más importante del año, inclusive más que la Navidad, cuando celebramos su nacimiento. Pero la semana que viene es especial, también, para la mayoría de los uruguayos. Es la Semana de la Familia, Criolla, de Turismo y de la Vuelta Ciclista. Por eso se dice coloquialmente, en Uruguay, que el año comienza cuando todos ellos, pedaleando, cruzan la meta.
Cualquiera sea la forma en que llamemos o vivamos la semana —Santa, de Turismo o Criolla—, es probable que tengamos algún día libre o que abandonemos la rutina habitual. Si tenemos que ir a la empresa, la carga de trabajo será considerablemente menor. Se anticipa una semana tranquila, en la que probablemente encontremos varios momentos para reflexionar. Algo que viene bien para el segundo comienzo del año, que inicia con la llegada del último ciclista.
Se puede reflexionar de distintos modos y para diversos objetivos. Un motivo es para hacer lo que Arthur Brooks llama los “zoom out” de la propia vida. Este profesor de Harvard, que investiga la ciencia de la felicidad, nos enseña que esta se apoya en cuatro pilares: la familia, los amigos, el trabajo y la vida espiritual. Brooks afirma que, si bien tener una religión colabora en desarrollar la espiritualidad, no es el único camino. Propone como alternativa que se hagan espacios de reflexión para formularse las “grandes preguntas”: quién soy, para qué vine al mundo, qué huella quiero dejar, qué tengo que cambiar para ser una mejor persona.
En el terreno de la mejora personal, a veces siento que nos comportamos como esas personas que solamente se dedican a arrancar los yuyos de su jardín. Esta es una tarea necesaria, pero no la única, ni la que brinda más satisfacción. Además de quitar la maleza, esas personas deberían levantar la mirada de la tierra y soñar el lugar, imaginarlo. Después deberían plantar las flores, los arbustos y los árboles. Y buscar la armonía en la combinación de colores, especies y aromas que hagan que sus jardines se conviertan en lugares esplendorosos, aunque tengan por aquí y por allá, algunos yuyos.
Para alcanzar el esplendor en la vida personal, hay que desarrollar la magnanimidad.
¿Qué es la magnanimidad? La definición clásica de magnanimidad es extensio animi ad magna, la tensión del espíritu hacia las cosas grandes. Es buscar la grandeza y luchar por estar a su altura. La magnanimidad es una virtud que se trabaja y que constituye, junto con la humildad, la esencia del liderazgo virtuoso. Desarrollarla nos permite responder a la propia vocación, cumplir con la misión que tenemos en la vida y fijar objetivos personales para uno mismo y para los demás.
Alexander Havard, el fundador del Liderazgo Virtuoso, enseña que, en el líder, un ideal da lugar a una misión. Cuando la descubrimos, y la buscamos, nos vamos convirtiendo en magnánimos. La reflexión es el primer paso, la parte pasiva de la magnanimidad. Luego, en segunda instancia, la reflexión se traduce en acción, es la parte activa. Ambas partes —reflexión y acción— son igual de importantes y de necesarias.
Havard propone tres caminos para desarrollar la magnanimidad:
La semana que viene es Semana Santa para muchos de nosotros, y Semana de Turismo o Criolla para otros tantos. Como sea, es una semana diferente, en la que los invito a apartar algunos momentos del día para soñar en grande. Para que, en el jardín de nuestra vida, hagamos más que sacar los yuyos. Porque tener una vida espiritual es una parte importante de la felicidad y, cuando estamos en la vorágine laboral, es difícil hacer momentos de “zoom out”.
¡Felices Pascuas!