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El empleo ya no se muda: ahora debe transformarse


Publicado el : 17 de Julio de 2026

En : General

Por Leonardo Veiga, profesor del IEEM

 

Durante dos siglos, los desplazados por la tecnología encontraron empleo en otro sector. Con la inteligencia artificial, la adaptación ocurre en el propio puesto.

¿Por qué la Revolución Industrial no destruyó el empleo agrícola británico? La pregunta parece extraña, pero su respuesta contiene la clave para pensar el impacto de la inteligencia artificial sobre el trabajo. La automatización, por sí sola, no destruye el empleo: lo destruye la brecha entre productividad y producción.

La relación básica es sencilla. La producción equivale a la productividad por trabajador multiplicada por la cantidad de trabajadores. Si cada trabajador produce 20 % más y la producción también crece 20 %, el empleo se mantiene. El desplazamiento aparece cuando la productividad crece más rápido que la producción. La relación entre producción y productividad  no explica por qué la demanda crece o deja de crecer, pero permite formular la pregunta correcta: no cuántas tareas se automatizarán, sino hasta qué punto el crecimiento de la producción acompañará.

La experiencia británica ilustra la diferencia. Entre 1700 y 1851, la producción agrícola aumentó 228 % y la productividad agrícola 128 %. Como la producción creció más que la productividad, el empleo agrícola no cayó: aumentó 44 %. Lo que sí descendió fue la proporción de trabajadores ocupados en la agricultura, de 38,9 % a 23,5 %: el campo alimentaba a una población mucho mayor, pero ya no absorbía una parte equivalente del crecimiento de la fuerza laboral.[1]

La industria ofreció la salida. En el mismo período, la producción industrial británica se multiplicó por 12 y la productividad por 3,7. El empleo industrial, en consecuencia, se multiplicó por más de 3.[1] La Revolución Industrial no fue solamente una historia de máquinas que sustituyeron trabajadores: fue, sobre todo, una expansión de mercados y producción que creó empleo.

A diferencia del caso británico, en la agricultura estadounidense del siglo XX la expulsión fue absoluta. En 1900 el sector empleaba al 41 % de la fuerza laboral; en 1970, apenas al 4 %, y en 2000, al 1,9 %.[2] La mecanización y las innovaciones permitieron producir más con una fracción menor de la población, y los trabajadores liberados fueron absorbidos por la industria y, crecientemente, por los servicios.

Los servicios funcionaron como refugio porque muchas de sus actividades presentan límites al aumento de la productividad —el fenómeno que William Baumol describió como “enfermedad de costos”—. Un docente puede atender a más alumnos, pero no indefinidamente sin afectar la calidad; un peluquero puede mejorar sus herramientas, pero debe atender individualmente a cada cliente. La demanda de educación, salud, cuidados y servicios personales creció junto con los ingresos y sostuvo el empleo.

La revolución de la inteligencia artificial es cualitativamente distinta por tres razones. Primero, no se concentra en un sector, sino que atraviesa horizontalmente la agricultura, la industria y los servicios. Segundo, alcanza tareas cognitivas y administrativas que antes parecían protegidas. Los servicios fueron refugio precisamente porque resistían la automatización, y hoy varios de ellos —la educación, la gestión sanitaria, el trabajo administrativo— figuran entre los más expuestos a la IA generativa: ya no existe un gran sector refugio hacia el cual desplazarse. Tercero, cambia la economía política de la transición. Compensar a un grupo localizado —los mineros de una cuenca, los agricultores de una región— era administrable; pero cuando los afectados están dispersos por todos los sectores y niveles de calificación, las respuestas parciales dejan de alcanzar y la presión por soluciones generales se vuelve inevitable.

Podría objetarse que en 1850 nadie imaginaba los servicios que un siglo después absorberían a los agricultores desplazados, y que la historia podría repetirse. Es posible. Pero hay una diferencia: en las transiciones anteriores, el sector de destino ya era visible y crecía en paralelo —la industria se expandía mientras el campo expulsaba trabajadores—. Hoy, el candidato a refugio no se distingue en el horizonte. Puede aparecer, no puede darse por descontado.

Nada de esto anuncia una catástrofe inminente. La Organización Internacional del Trabajo estima que 1 de cada 4 trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, pero solo 3,3 % pertenece a la categoría de exposición más alta. Su conclusión central es que, por ahora, la transformación de los empleos es más probable que su eliminación completa.[3] Ese es el verdadero motivo para el optimismo: hay tiempo para actuar.

La historia enseña que el empleo se sostuvo siempre que la demanda creció tanto o más que la productividad. Pero esta vez la adaptación no consistirá en mudarse de sector, sino en transformar el propio trabajo. La pregunta abierta es si la demanda —de nuevos bienes, servicios y actividades que hoy no imaginamos— podrá crecer al ritmo que la inteligencia artificial imprimirá a la productividad. Educación continua, protección durante las transiciones y una distribución amplia de las ganancias no son, entonces, un apéndice de buenas intenciones: son las condiciones para que la nueva capacidad productiva se transforme en producción, demanda y prosperidad compartida.

Notas

[1] Stephen Broadberry, Bruce M. S. Campbell y Bas van Leeuwen, “When Did Britain Industrialise? The Sectoral Distribution of the Labour Force and Labour Productivity in Britain, 1381–1851”, Explorations in Economic History, vol. 50, núm. 1, 2013, pp. 16–27, especialmente cuadros 7 y 8. Los porcentajes de aumento fueron calculados a partir de sus índices con base 1700 = 100.

[2] Carolyn Dimitri, Anne Effland y Neilson Conklin, The 20th Century Transformation of U.S. Agriculture and Farm Policy, Economic Information Bulletin núm. 3, Economic Research Service, United States Department of Agriculture, 2005, p. 2.

[3] Pawel Gmyrek et al., Generative AI and Jobs: A Refined Global Index of Occupational Exposure, Working Paper núm. 140, Organización Internacional del Trabajo, 2025. El estudio distingue entre exposición tecnológica y eliminación efectiva del puesto de trabajo.


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